Florecitas silvestres

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En el páramo, poco oxígeno y mucho trabajo

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La subida agota como si caminara sobre la luna…así me imagino, como una cosmonauta dando torpes pasos en la luna; pero solo estoy en el páramo. Y me pregunto cómo hace esta gente para levantarse cada día antes de que el sol caliente, caminar hasta las tierras donde siembran; y emprender la tarea: arar, desyerbar, sembrar, cosechar…arar…
A Rafael y su hijo Douglas Quintero los encuentro en Altos de Arenales, separando las plantas de papas que no darán fruto; el aire del pueblo de Tuñame (Trujillo, Venezuela) es frío a cualquier hora del día, incluso a las 11 de la mañana. Mientras yo apenas puedo respirar ellos se mueven por todo el surco con la gracia de los gatos; contestan mis preguntas sin que les falte el aire. Viven de este pedacito de tierra, que les pertenece desde hace muchos años; Douglas seguirá el camino de su padre, no tiene más de 20 años pero ya lo sabe.
Aunque la mayoría de los que se dedican a sembrar en Tuñame han preferido este año dedicarse a la fresa, de la que se obtiene mayores ganancias, Rafael y su hijo continúan sembrando y consechando papas. Están caros y difíciles de conseguir los fertilizantes, antes eran más asequibles.
Rafael masca chimo y muestra su sonrisa oscura y franca.
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Cosechadores de Fresas


Unos 500 bolívares al día es el pago para muchos jornaleros en los campos venezolanos. En Tuñame María Elena, Mary y Héctor Castillo recogen las fresas más dulces que he probado en mi vida. Ellos no han tenido la suerte de ser dueños de la tierra en la que trabajan, al igual que Alexander Ramíez, María y Nayeli Urbina. Las muchachas son muy jóvenes pero muy rápidas a la hora de cosechar. La espalda doblada casi todo el día hace que a veces lleguen a casa con dolor en la cintura; pero hay otras bocas que alimentar.

El joven señor Víctor y su viejo jeep, en Jajó


El señor Victor vive en Jajó hace 80 años. Ama la fotografía y las montañas que rodean su pequeñísimo pueblo trujillano. Es amante de cada mujer en esta tierra, pero fiel a su bella esposa, fallecida hace más de 20 años.
El señor Víctor tiene un viejo jeep, con él recorre tranquilo algunas de las montañas más cercanas, y también las más lejanas.
La sonrisa pícara e infantil siempre acompaña al joven señor Víctor y su viejo toyota.

Kavanayén, ese pueblito en la Gran Sabana

Kavanayén
En Kavanayén, pueblo de los indígenas Arekunas de la etnia pemón; la vida es tranquila mientras no llegue la gente de la ciudad, con sus enormes autos, bocinas estrepitosas, alcohol, drogas, y deseos de diversión con las mujeres del pueblo. Aunque tranquila, la vida no deja de ser difícil para estas bondadosas personas, que poco pueden extraer de la tierra apenas fértil de la Gran Sabana. La minería comienza a asentarse como su principal fuente de vida. El turismo también ayuda, más que a otros pueblitos menos pintorescos.
Tres veces al día suenan las campanas de la enorme iglesia, posiblemente la más grande de toda la región.
Tres veces al día acuden los arekunas a escuchar las palabras del cura.

Kavanayén

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